La prisión invisible
La mente del hombre está encarcelada. Encerrada tras los barrotes de conceptos e ideas que apenas cuestiona, vive condenada a ver la realidad tal como se la han impuesto desde niño. Ajena a su propia naturaleza luminosa, permanece dormida en una celda construida con los pensamientos que le susurra incansable su carcelero interno.
Para muchos, el encierro mental se ha vuelto tan familiar que ya no perciben los barrotes que los aprisionan. Justifican su encarcelamiento alegando que es el único modo de pensar que conocen, olvidando que al aceptarlo renuncian a la libertad. Mientras teman escapar de aquello que tan celosamente protegen, jamás conocerán la dicha de ver el mundo con ojos nuevos.
Aquellos pocos que logran fugarse de la prisión de la mente descubren que soltar las ideas heredadas no significa perderse en el sinsentido, sino ganar la oportunidad de re-descubrir su capacidad innata de asombro. Al liberarse de la obligación de pensar lo que siempre han pensado, acceden por vez primera a un modo distinto de conocer, ajeno al engaño y la contradicción. La claridad emerge entonces, no como un don del cielo sino como una cualidad olvidada de su naturaleza inmortal.
Evadir la encarcelada mente no cambia lo que les rodea pero transforma completamente la relación con ello. Permite al hombre reconocer que su verdadera visión permanece inalterada más allá de las rejas que la ocultan, impoluta, ilimitada. La tarea de fugarse no termina jamás pero en el fugaz instante en que vislumbra la luminosidad de su ser, hay un destello de esa dicha indecible reservada sólo para quien nada teme...sino la infinitud de su propio espíritu.