La eterna promesa del futuro

La mente del hombre deambula inquieta de esperanza en esperanza. En pos de una felicidad imaginada, posterga constantemente el disfrute del presente a un futuro que nunca llega. Ajeno a la riqueza del instante, vive obsesionado con ganar, lograr y conseguir algo que le falte ahora pero que espera alcanzar mañana.

Embebido en esta perpetua insatisfacción, rara vez advierte que nada puede satisfacerlo mientras siga buscando la felicidad en lo que aún no tiene. Persuadido de que la vida empezará en cuanto alcance la próxima meta, desperdicia el único momento que posee: el ahora fugaz e irrepetible.

Aquellos pocos que logran liberarse de la eterna promesa del futuro descubren que la felicidad está reservada no para después sino para ahora. Al dejar de proyectar sus esperanzas en un porvenir incierto aprenden por vez primera a habitar plenamente el presente, a valorar cada instante como irremplazable. Descubren con asombro que no necesitan nada más de lo que ya poseen para ser dichosos.

Vivir libre del encanto del futuro no significa condenarse a una existencia estática sino renunciar a sacrificar el presente en aras de un después ilusorio. Permite fluir con la corriente de la vida en lugar de remar incesante hacia una meta que se aleja a cada golpe de remo. Al descubrir el secreto del ahora, deja de buscar allende de hoy una felicidad escurridiza para encontrar la dicha imperecedera que habita en el más fugaz segundo de existencia.

La tarea de liberarse del hechizo del futuro es interminable pero en cada esfuerzo hay un destello de esa quietud habitada y de esa plenitud sin tiempo que emerge una y otra vez de la nada...del instante presente que fluye eterno aunque todo cambie.

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