La dispersión de la atención
La mente del hombre deambula incesante de un pensamiento a otro, de una emoción a la siguiente, sin poder posarse en ninguno. Dispersa en mil direcciones, malgasta su energía saltando de la ansiedad por lo que aún no sucede a la nostalgia por lo ya pasado, incapaz de habitar el instante presente. Identificada con esta dispersión interna, apenas advierte que su existencia discurre desvaída e inconsciente, arrastrada por ondas mentales sobre las que no tiene control alguno.
Embebido en este perpetuo divagar interior, rara vez considera que su incapacidad para concentrar la atención es solo un hábito adquirido, no su naturaleza inexorable. Opta por justificar su condición dispersa en lugar de cuestionarla, ignorando que en ese estado habitual de distracción permanente se le escapa la única vida de la que dispone: el ahora que siempre transcurre.
Aquellos pocos que logran trascender la tiranía de la dispersión mental descubren un modo diferente de ser, libre del caos interior que los divide. Al silenciar el incesante parloteo de su mente aprenden a vivir enteramente el presente, a valorar la quietud y la concentración profunda como su estado natural. En ese instante de total presencia advierten con asombro que su naturaleza verdadera ha permanecido inmutable más allá de la dispersión en que vivían sumidos, omnipotente, íntegra, perfecta.
Vencer la dispersión de la atención no multiplica las horas del día pero transforma por completo la experiencia de vivirlas. Permite entrever por vez primera una realidad que transcurre siempre nueva tras el tumulto interior, una calma imperturbable más allá de oscilaciones mecánicas y cambios efímeros. Al dejar de perderse en un sinfín de prefiguraciones y recuerdos sin esperanza de retorno, accede por fin al descubrimiento mágico de un tiempo ilimitado, siempre presente, eternamente joven: el ahora que lo contiene todo y en él se olvida.