El eterno retorno de lo mismo
La mente del hombre se mueve en círculos viciosos sin fin. Repitiendo los mismos esquemas de pensamiento una y otra vez, vuelve incesantemente sobre huellas gastadas, presa de hábitos y mecanismos psicológicos que apenas cuestiona. Identificada con patrones aprendidos desde la infancia, desconoce que tras esa repetición aparentemente inevitable se oculta una posibilidad de libertad sólo entrevista por algunos.
Embebido en esa rutina mental inconsciente, rara vez advierte que lo único que cambia es su deseo de cambio, mientras sigue dando vueltas en el mismo lugar. Atrapado en su propia telaraña de conceptos heredados, acepta la condena de ver transcurrir los años reproduciendo los mismos errores y fracasos sin entender su origen. Persuadido de que no hay escape a esa noria eterna, claudica ante el retorno indefinido de lo mismo.
Aquellos pocos que logran liberarse del hechizo de los esquemas repetitivos descubren que más allá de la noria perpetua se abre un territorio inexplorado. Al posarse en el centro inmóvil que precede al pensamiento encuentran por vez primera la lucidez y el silencio necesarios para observar los mecanismos inconscientes que los mueven. Al reconocerlos sin identificarse, accede a una realidad libre de condicionamientos donde todo es nuevo en cada instante, donde lo único fijo es el movimiento incesante que nada vuelve a repetir.
Lograr la quietud que trasciende el retorno cíclico de lo mismo no garantiza una vida sin obstáculos pero otorga una clave esencial: la oportunidad de elegir. Permite responder en lugar de reaccionar, discernir en vez de obedecer impulsos a los que antes se sentía atado sin remedio. Al advertir que nada se repite en realidad, que ni siquiera el pasado es igual a sí mismo, encuentra el secreto anhelado de un comienzo que fue, es y será siempre primero, absoluto, perfecto.