El eterno devenir del pensamiento

La mente del hombre se mueve sin tregua de un pensamiento a otro. Ajena a sí misma, vaga eternamente de idea en idea, presa de un flujo incesante de conceptos que la arrastran sin poder detenerse. Identificada con ese inacabable divagar mental, malgasta sus días saltando de una abstracción a la siguiente sin advertir jamás que esa corriente inagotable es solo un hábito adquirido al que puede poner fin.

Embargado por el tumulto interior que rara vez calla, difícilmente considera que su experiencia del pensamiento depende por completo del propio modo de relacionarse con él. Opta por justificar esa incapacidad de silenciar la mente como algo inevitable cuando no es sino el resultado de no haber aprendido a observarla sin quedar atrapado en sus redes. Ajeno al espacio inmóvil que media entre dos ideas, condena su existencia a transcurrir arrastrada sin voluntad propia por la cascada mental que el mismo permite, incapaz de acceder al recuerdo de lo que yace más allá de palabras y conceptos: la realidad desnuda anterior a todo pensar.

Aquellos pocos que logran trascender el eterno devenir del pensamiento descubren asombrados una quietud anterior a la mente, un territorio de silencio habitado que emerge cuando calla el diálogo interno. Al aprender a posarse en los intersticios de dos pensamientos accede a un modo de consciencia despierta, libre de la necesidad de pensar, donde ideas y abstracciones pierden el poder de arrastrarlo sin voluntad. Sólo entonces, en el espacio purísimo previo a la mente, tiene la posibilidad de recordar por vez primera que su naturaleza verdadera no es pensante sino consciente, omnipotente, eterna.

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